Age of Empires

domingo, octubre 26, 2008

Vuelvo a mi recién estrenada serie dedicada a los videojuegos, y lo hago con uno de mucha enjundia, todo un clásico pese a contar con exactamente 11 años de existencia: Age of Empires.
A finales de 1997 yo estrenaba ordenador (un flamante Pentium sin tarjeta gráfica, 64 mb de ram y 10 gigas de disco duro… hoy en día mi móvil es diez veces más potente)y dedicaba las madrugadas de los fines de semana a jugar al FIFA de turno, al PC Fútbol y al primer Warcraft. Fue entonces cuando me llegó una demo de un juego llamado Age of Empires del que había oído hablar (bien) vagamente. Que lo apadrinara Microsoft despertaba mis sospechas, pero en fin… Todavía lo recuerdo: instalé la ridícula demo (ocupaba unas 10 mb) a eso de las diez de la noche y no la solté… ¡¡hasta las cuatro de la mañana del día siguiente!! Seis horas pegado a mi CRT de 14″ pensando: «¿Quién diablos ha podido programar algo tan genial?». Aquellas navidades me hice con el juego y construir, gestionar, batallar, conquistar y desarrollar se convirtió en algo tan cotidiano como levantarme cada mañana de la cama.
El genio por el que yo preguntaba tenía un nombre: Bruce Shelley. Un tipo rechoncho que ya había participado en la creación de otra obra maestra: Civilization, y que se habían curtido en los años ´80 haciendo Wargames y Juegos de Rol de los de tablero. Tener cerca al dios Sid Meier también le sirvió de algo.
Age of Empires es un juego de estrategia en tiempo real (RTS) que fue pionero en mezclar cierto rigor histórico, gestión y batallas a mansalva. Atrajo la atención no sólo de los veinteañeros como yo, sino de gente de mucha más edad que hasta entonces pensaban que los videojuegos eran cosa de niños. En Age of Empires encontraron una especie de complejo ajedrez, aderezado con soldaditos de plomo digitalizados.
Como me voy haciendo mayor, aunque haya puesto un vídeo del más actual (al que juego), sigo echando de cuando en cuando una partidita al primero, y me sigue pareciendo el mejor, el más auténtico (pese a sus numerosos defectos), el que me recuerda que esto de los videojuegos, cuando el diseñador se lo propone, es un reto no sólo divertido, sino también intelectual.

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